
Somos humanos. Somos animales; nos movemos por el instinto. Pero hay momentos en los que el ser humano es diferente, no piensa sólo en satisfacer sus necesidades primitivas. Crea, pasa directamente a la acción, intentando conseguir nuevos finales, adaptándose al medio, usando la imaginación o simplemente se deja llevar. A veces lo consigue satisfacerse y a veces no. Pero agota sus fuerzas intentándolo. Por eso cuando lo ha logrado se siente felíz y lo valora de una manera excepcional; lo comparte con sus semejantes y lo ofrece a su divinidad como si el mundo entero hubiera participado en su triunfo. Entonces, sonrie. Eso lo hace distinto.
Un día decide que está cansado de desplazarse tan lejos para buscar sustento y decide establecerse en un lugar y allí convivir con su entorno. Él sabe que si la respeta, la naturaleza se lo proporcionará todo en abundancia.
Otro día, recoje unos brotes dorados y los lleva a su morada. Los coloca en la ventana y los mira moverse al son del viento y recostado, se deleita con esa imagen, con el brillo metálico y tibio que ofrecen. Son resplandecientes.
Luego de unos días, el brote dorado comienza a secarse y poco a poco aparecen unos granitos claros debajo de la piel.
El ser humano que había comenzado a estar más tiempo observando la naturaleza comenzaba a experimentar una curiosidad inusitada y estaba entusiasmado con sus descubrimientos casi diarios. Hacía tantas mejoras en su manera de vivir que cada vez estaba más arraigado a su entorno y tan sólo de alejarse unos kilómetros de su casa, se daba cuenta que aquel era el mejor lugar del mundo.
Un día, experimentando, recoge los granitos del brote, que ya secos se habían esparcido por el suelo. Los mira agudizando su inquietud, los huele, los toca. Están duros y no puede comerlos así. Tiene que hacer algo diferente. Decide molerlos con una piedra. Primero uno, otro y otro….y está tan entretenido que no advierte que ya tiene una buena cantidad de grano molido. Le parece fantástico haber convertido los granos de oro en polvo. Sus manos están blancas, cubiertas de esta sustancia e instintivamente la prueba llevándose los dedos a la boca. Parece buena, pero está algo seca, entonces recoje un poco de agua fresca y la mezcla. Ahora está consiguiendo una especie de mezcla pegajosa y continúa removiéndolo con buen ánimo casi sin poder despegársela de las manos. Luego de un rato la mezcla se vuelto suave, tersa, húmeda y agradable. Entonces la prueba otra vez. Esta vez está más buena. La comparte con sus semejantes y todos están de acuerdo en que aquello es sorprendente. Lo han molido, lo han mezclado con agua y deciden ver que sucedería si lo colocan junto al fuego, como a las piezas de caza. Entonces lo colocan en su rudimentario horno y lo giran varias veces para evitar que se queme. Observan su color nuevo. Y reconocen en él el color de aquel brote primario que danzaba en la ventana.
Al cabo de un rato, deciden probarlo…Y les encanta.
El ser humano acaba de realizar una de las más importantes acciones de la historia de la especie: ha guardado el grano, lo ha secado, lo ha molido, lo ha amasado y lo ha cocinado.
Sólo movido por su curiosidad, su respeto por la naturaleza, su sentido de la belleza, su necesidad, su inmenso afán de descubrir, su generosidad, su simpleza. Y su gran inteligencia.
Hace miles de años, un ser humano fabricaba la Primera Masa del mundo.
Nosotros la hacemos diariamente para ti. De ese mismo modo. Y también acabamos con una sonrisa.
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